Yo me visto por los pies… ¿y tú?

Yo me visto por los pies

Modelo Icaria con sandalias

Sé que esta reflexión puede resultar cuanto menos curiosa, pero estoy absolutamente convencida de que somos muchísimos los que diariamente ejecutamos este ritual.

Aterrizo de las vacaciones y es mi primer día post-vacacional. Vengo de estar todo el día con chancletas y camiseta suelta (aquella que esconderá decididamente el exceso de cervecitas del chiringuito playero y las olivitas rellenas del atardecer en la terraza del bar de la esquina). Abro el armario y pienso en que, efectivamente no tengo nada que ponerme y lo vuelvo a cerrar. Así puedo pensar mejor.

Tic, tac, tic tac… El tiempo corre y tengo que salir para la oficina. Hoy tendré un día de impasse, sólo algunos compañeros que ya han regresado de sus vacaciones y un montón de correos por poner al día. Entonces, ¿Qué me pongo?…¿qué me pongo?

Y como tantos otros cientos de veces, comienzo a mirar los zapatos que juegan a llamar mi atención, dispuestos en un equilibrio imposible al fondo del armario, cual si hubieran quedado exhaustos tras una pelea a muerte… Me enternecen mis zapatos favoritos, esos de tacón de aguja que sólo puedo llevar cuando presumo que  no me levantaré de la silla en todo el día… y aquellos rojos…no…demasiado cerrados (¡imposible! creo que hasta se han dilatado mis pies a causa del abuso de las chanclas tantos días. Y se me escapa una sonrisa cuando me recuerdo, incluso por la noche, con mis parachanclas a juego, causando sensación entre las envidiosas de mis vecinas!!!).  Continúo la búsqueda infructuosamente: quizás las sandalias aquellas… me hacen sentirme poderosa cuando camino por la oficina…. ¿No tenía unas bailarinas por aquí?

Yo me visto por los pies

Modelo Icaria media caña con sandalias

Al final, me decido por esos zapatos cómodos-como-un-guante, capaces de resistir lo que les echen, quizás un poco desgastados ya, pero que me ayudarán a que este día no me torture nada más que lo estrictamente necesario….

En pijama, y con los zapatos en mis pies, vuelvo a abrir el armario repleto de perchas con “nada que ponerme”, a ver si encuentro alguna cosa que no desentone demasiado…A ver… Con falda…, estos zapatos ¡Noo!…A ver los pantalones estos… o los negros… Uf! Bueno, con el negro pega todo….

 Y poco a poco todo empieza a encajar, todo va algo mejor. Me planto triunfante delante del espejo, donde hace sólo un rato observaba la mujer de los pelos revueltos y cara desesperada  en que me había convertido… ¡Lo  he conseguido!

Y esta historia, con sus variantes más o menos diarias, condiciona mi aspecto durante toda la semana… Que hoy tengo la necesidad de sentirme la reina de la fiesta, pues me busco mis zapatos, y a continuación, la ropa que le va bien. Y si quiero ir cómoda, o si tengo frío, o si hace demasiado calor…

Yo me visto por los pies

Relajada, con el Icaria corto y sandalias

Quizá sea un poco rara, pero mi intuición me dice que no puede ser verdad que sea la única persona a la que le pase esto… Mis amigas me dicen que lo soy, porque a ellas es algo que NUNCA les ocurre… Pero yo ¡no me lo creo! Estoy segura que en el fondo, temen reconocerlo abiertamente por mantener su fama de doña-perfecta-lo-tengo-todo-bajo-control-perfectamente-organizado, y disfrutan riéndose de mi pequeña manía.

En fin, que queréis que os diga, quizá sea un poco diferente, pero, cuando salgo a la calle camino de la oficina, os prometo que nadie me descubre distinta. Mi secreto está a salvo con vosotros, por favor, … ¡no se lo contéis a nadie!

Cristina López San Segundo

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